Jonathan Gallagher Lección 11. – Morando en la tierra (4T 2025 Lecciones de Josué acerca de la fe)

Lección 11. Morando en la tierra(4T 2025Lecciones de Josué acerca de la fe)

Textos bíblicos:Josué 22; Ef. 6:7; Juan 7:24; Números 25; Prov. 15:1; 1 Pedro 3:8, 9.

Citas

  1. El ideal cristiano no ha sido intentado y hallado deficiente; ha sido hallado difícil y dejado sin intentar. — G. K. Chesterton
  2. Hemos aprendido la Regla de Oro de memoria; ahora comprometámonos a vivirla. — Edwin Markham
  3. Esta es mi Regla de Oro para una era empañada: sé justo con los demás, pero insísteles hasta que ellos sean justos contigo. — Alan Alda
  4. La mejor parte de la vida de un hombre bueno son sus pequeños actos de bondad y amor, sin nombre y sin memoria. — William Wordsworth
  5. Haz tu pequeña parte de bien donde estés; son esos pequeños actos de bien, unidos, los que abruman al mundo. — Desmond Tutu
  6. He descubierto que son los pequeños actos cotidianos de la gente común los que mantienen a raya la oscuridad. Pequeños actos de bondad y de amor. — J. R. R. Tolkien
  7. Al tragarse las palabras malvadas que no se dijeron, nadie ha dañado jamás su estómago. — Winston Churchill

Para debatir
Tomando la imagen de cómo Israel debía representar a Dios en la Tierra Prometida, ¿qué significa eso para nosotros hoy? ¿Qué es lo que más deseamos reflejar en nuestras relaciones con los demás? ¿Cómo evitamos caer en la mentalidad de la mayoría? ¿De qué manera la seducción de los israelitas por parte de las mujeres moabitas representa cómo nosotros también somos seducidos?

Resumen bíblico
Josué 22 relata la historia de cómo la mayoría de los israelitas creyó que la minoría al otro lado del Jordán había caído en apostasía. Hemos de hacer las cosas para el Señor, no para los hombres (ver Efesios 6:7). «No juzguen por las apariencias; juzguen con rectitud.” (Juan 7:24). Números 25 recuerda la seducción de los israelitas por las mujeres moabitas. «La respuesta amable calma el enojo, pero la palabra hiriente hace que la gente se enfurezca.” (Proverbios 15:1). En 1 Pedro 3:8, 9 se nos dice que no devolvamos mal por mal, sino que seamos compasivos.

Comentario
Aunque este estudio comienza con los israelitas en la Tierra Prometida, en realidad trata de cómo vivimos en la tierra hoy, cómo actuamos en nuestra vida diaria en este mundo. Nos invita a reflexionar en cómo tratamos a los demás, recordando que en todo lo que decimos y hacemos estamos representando a nuestro Señor de amor.
Todos tenemos un sentido de lo que está bien y mal—¡especialmente cuando otros nos hacen daño! Por eso existen policías, tribunales y cárceles: porque la gente hace el mal, y es necesario enfrentarlo para que la sociedad funcione. Pero nuestro sistema humano no siempre logra justicia. A veces los inocentes son condenados, lo cual también es una injusticia.

En el Antiguo Testamento Dios habló mucho acerca de la justicia. No solo en los Diez Mandamientos, sino también en las instrucciones sobre cómo tratar a los demás: el cuidado de los siervos, los casos de homicidio accidental, la compensación por daños personales, la restitución de animales o bienes perdidos, los acuerdos de matrimonio, y el trato justo a los extranjeros.
Además, hay otros temas muy importantes que solemos olvidar: no difundir chismes, no mentir sobre lo que ocurrió, no seguir a la mayoría solo por conveniencia, no maltratar a los pobres ni a los extranjeros.
Toda esta enseñanza sobre la justicia se resume en la Regla de Oro, que en una de sus formas dice: “Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti.” El problema es que somos egoístas y no tratamos a los demás como deberíamos. Pero si pensáramos en cómo queremos ser tratados, sabríamos cómo actuar con otros. La verdadera justicia consiste en hacer lo correcto porque es lo correcto. No se necesitan reglas para eso—simplemente haz lo que está bien.

Jesús lo expresó con fuerza, y seguramente ofendió a los fariseos legalistas al hacerlo: “Así que en todo, traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.” (Mateo 7:12). Imagínate si siempre tratáramos a los demás como queremos que nos traten: ¡qué mundo tan maravilloso sería! Siempre seríamos amables y respetuosos. Siempre diríamos cosas buenas. Nunca nos enojaríamos ni maldeciríamos, porque no quisiéramos que otros hicieran eso con nosotros.
En lugar de dejarnos llevar por la ira, de pensar cómo engañar o de planear hacer algo malo, podríamos detenernos y decirnos: “Yo no querría que me hicieran esto a mí.” Y entonces decidir no hacerlo. Es una manera muy positiva de pensar. También funciona al revés: imaginamos cómo quisiéramos que nos traten—con amabilidad, respeto, cariño—y luego decidimos actuar de esa misma forma hacia todos los demás.

Nuestro papel no es reemplazar al Salvador, sino revelarlo. Debemos ser más activos, demostrando la verdad de Dios más que solo hablando de ella. El elemento clave es la confianza y la confiabilidad. Jesús, al final, no buscó convencer mediante milagros, porque no generaban la confianza reflexiva que Él quería. De igual manera, nosotros mostramos lo que somos gracias a nuestra experiencia de fe en Dios, no por hechos espectaculares. La confirmación no está en lo “asombroso”, sino en lo verdadero.
El resultado de vivir como Cristo será evidente para otros. Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:16). No hace falta promocionar el cristianismo cuando lo estás viviendo. Muchas veces pensamos que necesitamos una estrategia de mercadeo o relaciones públicas para compartir las buenas nuevas. Pero la mejor forma de convencer a otros es por medio de la demostración, no del argumento. Si vivimos verdaderamente para Cristo, esto se verá en nuestra conducta y en cómo tratamos a los demás. O como se suele decir: “Predica el Evangelio siempre, y si es necesario, usa palabras.”

Comentarios de Elena de White
Jesús ama a aquellos que representan al Padre, y Juan pudo hablar del amor del Padre como no lo pudo hacer ningún otro de los discípulos. Reveló a sus semejantes lo que sentía en su propia alma, representando en su carácter los atributos de Dios. La gloria del Señor se expresaba en su semblante. La belleza de la santidad que le había transformado brillaba en su rostro con resplandor semejante al de Cristo. En su adoración y amor contemplaba al Salvador hasta que la semejanza a Cristo y el compañerismo con él llegaron a ser su único deseo, y en su carácter se reflejó el carácter de su Maestro. {HAP. p. 435}
Supongamos que estuvieras en un jardín donde florecen hermosas rosas, lirios y claveles; pero en lugar de recoger las bellas flores, buscaras todo lo desagradable para llevarlo y mostrárselo a otros como una muestra de ese jardín.

¿Representarían adecuadamente el jardín esas cosas desagradables que recogiste? —De ningún modo. Si los cristianos recogen tristeza y desaliento para sus almas, y murmuran y se quejan, ¿están representando a Dios y la vida cristiana tal como realmente son? Cristo nos dice que si permanecemos en Él, Él permanecerá en nosotros. ¿Estamos haciendo lo que nos ha mandado? ¿Recogeremos las rosas, los lirios y los claveles, y presentaremos al mundo el lado brillante y lleno de esperanza de la religión? {RH, 16 de abril de 1889} …Dijo Cristo: “Id, enseñad, haced discípulos a todas las naciones. Dadles el conocimiento de la verdad de mi evangelio, el cual está fundado en la verdad. Llevadlos a comprender que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son las agencias amorosas y poderosas del cielo para llevar a cabo la obra de representar a Dios en el mundo…” {16MR 15}

Preparado y escrito por: © Jonathan Gallagher 2024
Traducción: Shelly Barrios De Ávila

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