Pablo estableció que debemos brillar como luces en el mundo, y esto se hace haciendo buenas obras centradas en Cristo. Filipenses, capítulo 3, explica la relación entre esas buenas obras y nuestra fe. En el capítulo 3 descubrimos que regocijarse o jactarse en Cristo, en lugar de nuestra propia fuerza y esfuerzo humanos, conducirá a una transformación genuina y radical en la vida del creyente. Conocer plenamente a Cristo es una obra progresiva que dura toda la vida. A medida que nuestra relación con Él se profundiza, nos volvemos cada vez más como Cristo, nuestro Señor y Salvador amoroso.
La Reforma protestante surgió por la cuestión de la fe y las obras. Los reformadores sostenían que la justicia es un don de Dios que viene por la fe, no por obras. Cristo es el “autor y consumador de nuestra fe” (Hebreos 12:2). Nuestra justificación (ser declarados justos) le convierte en el autor: el comienzo de nuestra fe. Y nuestra santificación y glorificación (ser hechos justos) hacen de Él el que termina nuestra fe. Todo llega a través de Él.
Solo podemos tener confianza en nuestra salvación conociendo a Cristo y haciendo de Él la prioridad y el foco de todo lo que hacemos. Nuestros pensamientos y acciones deben reflejar que vivimos por fe, no por la ley. Afortunadamente, la ley señala el pecado, pero no nos salva de él.




