Pablo vio acertadamente la tendencia de los corintios a crear facciones fuertemente divididas que seguían a sus líderes favoritos como un signo de inmadurez. Su mezquindad y espíritu competitivo demostraban que no actuaban como cristianos sabios y maduros.
En lugar de discutir y pelear, deberían haber sido humildes y pacientes entre ellos. Los frutos del espíritu más necesarios pueden obtenerse más fácilmente cuando avanzamos en nuestro camino cristiano alimentándonos de la palabra sólida de Dios, en lugar de quedarnos con la dieta de “leche” de cristianos inmaduros y bebés.
La verdadera sabiduría y madurez espiritual pueden ser nuestras cuando permitimos que el Espíritu Santo centre nuestra mente en el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Cristo. Como siervos maduros de Dios, debemos recordar que todos pertenecemos a Dios. Murió por todos nosotros, y todos debemos ser amados, no solo por los de nuestro pequeño círculo de amigos.




