Pablo comienza su carta a los Filipenses enumerando varias cosas por las que está agradecido respecto a su comunión en el evangelio. Les hace saber que ora por ellos a diario y está seguro de que Dios seguirá obrando en sus vidas hasta el momento en que Jesús regrese, “hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
Su referencia a tenerlas siempre en su corazón (Filipenses 1:7) nos recuerda las doce piedras que el sumo sacerdote llevaba consigo en su coraza, un lugar muy cercano a su corazón también. Así como el sumo sacerdote hacía oraciones de intercesión por las tribus hebreas, Pablo llevó en su corazón las iglesias que plantó, elevándolas a Dios en cada oportunidad.
Sorprendentemente, Pablo indicó estar agradecido por su encarcelamiento, que le brindó la oportunidad de defender y confirmar el evangelio con los soldados y otros que le visitaron allí en Roma.




