Jesús intentó inculcar a los discípulos la importancia de conocerse a sí mismos, especialmente esos pensamientos dañinos de orgullo que a menudo no reconocemos. Muchas parábolas y eventos fueron diseñados para ayudarles a ellos, y a nosotros, a ver todas las formas en que el orgullo se cuela, llevándonos a pecar contra Dios.
Un recordatorio contundente de cómo el orgullo impide que nuestras oraciones sean escuchadas fue la parábola sobre las oraciones del fariseo y el recaudador de impuestos pecador en Lucas 18. Debemos comprometernos a ver nuestro verdadero estado mental y pedirle a Dios que corrija cualquier pensamiento o acción orgullosa que podamos tener.
La clave, por supuesto, es tener la mirada puesta en Jesús, no en nosotros mismos. Solo entonces vemos nuestros propios pecados y defectos en contraste y sentimos la necesidad de confesarlos. Cuando recibimos humildemente Su gracia cubriendo nuestros pecados, podemos disfrutar de una relación aún más cercana con Él.




