Jesús sintió compasión por las multitudes que acudían a Él, y eso le dio el poder de ministrar como lo hacía entre ellos (Mateo 9:36). De la misma manera, nuestro amor por Cristo es lo que nos impulsa a dar testimonio del Señor (2 Corintios 5:14). No nos obliga, pero Su amor nos impulsa a la acción y nos mantiene en marcha, a pesar de la dificultad de la tarea o de lo cansados que estemos por el esfuerzo.
Incluso los profetas del Antiguo Testamento sentían la misma carga de compartir su testimonio con todos los que quisieran escuchar. Jeremías dijo que se sentía “como un fuego ardiente encerrado en mis huesos” (Jeremías 20:9).
Recordando que Dios nunca nos obliga a seguirle, debemos acercarnos a las personas de la misma manera discreta. Simplemente relatar lo que Dios ha hecho por nosotros es muy efectivo, especialmente en las primeras etapas de nuestro testimonio. Debemos permitir que otros crezcan naturalmente “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).




