EL SÁBADO ENSEÑARÉ…
RESEÑA
Texto clave: 1 Corintios 12:4–6.
Enfoque del estudio: Mat. 16:13–16, Efe. 2:20, Apoc. 22:6, Luc. 2:36–39, Hech. 21:9, Efe. 6:10–18.
Introducción
El tema de la lección de esta semana sigue naturalmente el de la semana pasada, pero aborda la naturaleza de los profetas del Nuevo Testamento, que actuaron como mensajeros empoderados por el Espíritu y que brindaron guía, ánimo y exhortación a la iglesia primitiva. El papel de estos profetas era proclamar el mensaje de Dios, a veces revelando eventos futuros, pero principalmente fortaleciendo a los creyentes y llamándolos a la fidelidad. A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento, cuya autoridad fue fundamental para la relación de pacto de Israel con Dios, los profetas del Nuevo Testamento operaban dentro de la comunidad eclesiástica, complementando la enseñanza apostólica y señalando a Cristo como la revelación última de la voluntad de Dios. Así como los profetas del Nuevo Testamento elevaron a Cristo como Mesías, también lo hizo Elena de White.
COMENTARIO
1. Jesús fue el mayor profeta. Jesucristo es el profeta supremo, que supera a todos los que vinieron antes que él. A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento que hablaban de la palabra de Dios, Jesús era el Verbo hecho carne (Juan 1:14). No solo proclamaba la verdad divina; él la encarnaba. Jesús reconoció su papel profético, afirmando: «Solo hay profeta sin honra en su casa y en su tierra» (Mat. 13:57).
Juan el Bautista también desempeñó un papel profético único. Reconocido como profeta (Mat. 11:9), actuó y habló como los profetas del Antiguo Testamento, llamando a la gente al arrepentimiento y preparando el camino para el Mesías (Isa. 40:3; Mat. 3:3). Sin embargo, Juan era distinto. Él era el puente entre los pactos antiguo y nuevo, el último profeta de la era antigua y el precursor de la nueva era.
Estuvo «en el punto álgido de los siglos» y «al borde de la era del cumplimiento profético» (Christopher Rowland, «Prophets, Prophecy», en Dictionary of Jesus and the Gospels [Downers Grove, IL: IVP Academic, 2013], p. 707).
Solo Juan identificó a Cristo como «el Cordero de Dios» (Juan 1:29). Jesús alabó a Juan diciendo que «entre los mortales no se ha levantado nadie más grande que Juan el Bautista» (Mat. 11:11, NVI), pero señaló que el más pequeño en el reino de los cielos sería mayor, señalando el poder transformador del nuevo pacto (Juan 3:30).
2. Tanto los apóstoles como los profetas del Nuevo Testamento tenían la misma autoridad que los profetas del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento confirma la continuación del don profético, equiparando la autoridad de los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento con la de sus homólogos del Antiguo Testamento. En Efesios 3:5, Pablo escribe que el misterio de Cristo «ahora se ha revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (RVC). De manera similar, Efesios 2:20 describe la iglesia como «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, cuya principal piedra angular es Jesucristo mismo». Estas referencias se refieren a los profetas cristianos que, junto con los apóstoles, formaron el fundamento de la iglesia.
Los estudiosos debaten si el don profético continuó más allá de la era apostólica.
Los cesacionistas creen que terminó con la finalización del canon bíblico, mientras que los continuacionistas —incluidos muchos carismáticos y pentecostales— sostienen que los dones proféticos continúan hoy en día. Los adventistas del séptimo día adoptan una postura mediadora, afirmando que el don profético persiste pero permanece subordinado a las Escrituras, que sirven como la autoridad suprema.
Por ello, son cautelosos respecto a la continuación de todos los dones tal y como los definen los grupos carismáticos.
3. En el Nuevo Testamento, el don de la profecía funcionaba como exhortación y ánimo, señalando a Cristo. La venida de Cristo transformó la naturaleza de la profecía. Mientras los profetas del Antiguo Testamento esperaban con ansias al Mesías, los profetas del Nuevo Testamento centraban su mensaje en la vida, muerte, resurrección y regreso de Jesús. Apocalipsis 19:10 declara que «el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía», haciendo de Cristo el centro de toda actividad profética.
Los profetas del Nuevo Testamento hablaron en nombre de Jesús, haciendo que sus palabras fueran vivas e inmediatas para la iglesia. Su papel era exhortar, animar y fortalecer a la comunidad, como Pablo describe en 1 Corintios 14:3: «el que profetiza les habla a los demás para edificarlos, exhortarlos y consolarlos».
Ekkehardt Mueller enfatiza que los profetas del Nuevo Testamento se centraron «aún más en Jesús, su vida, sus palabras y sus acciones más de lo que el profeta del Antiguo Testamento se había centrado en el Mesías» («La voz profética en el Nuevo Testamento», en El don de profecía en las Escrituras y en la historia [Doral, FL: IADPA, 2016], p. 60). Su tarea era hacer relevante el mensaje de Cristo, e instar a la iglesia a permanecer fiel y esperanzada en anticipación a su regreso.
4. El don profético se manifestó tanto en mujeres como en hombres. El Nuevo Testamento destaca que el don profético fue otorgado tanto a hombres como a mujeres. En Hechos 2:17-18, Pedro, citando Joel 2:28-29, declaró: «los hijos e hijas de ustedes profetizarán. […] Hasta sobre mis siervos y siervas en esos días derramaré mi Espíritu, y profetizarán». Esta manifestación inclusiva de género se cumplió visiblemente en la iglesia primitiva.
Mujeres como Ana (Luc. 2:36–38) y las cuatro hijas de Felipe (Hech. 21:9) fueron profetisas reconocidas, que desempeñaban papeles vitales en la proclamación del mensaje de Dios. Su inclusión subraya la distribución imparcial de dones por parte del Espíritu Santo, empoderando a ambos géneros para servir como mensajeros de la verdad de Dios.
5. El Nuevo Testamento advierte contra los falsos profetas. El Nuevo Testamento testifica que existe el verdadero don profético, pero también ofrece fuertes advertencias contra los falsos profetas. En Mateo 7:15, Jesús advierte: «Guárdense de los falsos profetas, que vienen disfrazados de ovejas y por dentro son lobos rapaces». Los falsos profetas representaban una amenaza real para la iglesia primitiva, al desviar a los creyentes con enseñanzas engañosas.
El texto de 1 Juan 4:1 insta a los cristianos: «prueben los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido al mundo». La verdadera profecía se alinea con la Palabra de Dios, señala a Cristo y edifica a la iglesia, mientras que los falsos profetas promueven doctrinas divisorias y el interés propio. Los creyentes están llamados al discernimiento, asegurando que todos los mensajes proféticos sean coherentes con las Escrituras y estén centrados en Cristo.
6. El don profético de Elena de White funcionó de manera similar a los profetas del Nuevo Testamento, ya que se centró en Cristo. Dentro del marco de la lección del viernes, sería efectivo para la clase resumir brevemente la trayectoria centrada en Cristo y centrada en la cruz que Elena de White presenta en sus escritos. Este resumen ayudará a reforzar cómo ella se desempeñó como una profetisa posbíblica y exaltó a Cristo. Ya en 1851, ella enfatizaba la importancia de «meditar en los méritos, el amor y la gran misericordia de Jesús» (Primeros escritos, p. 104).
Varios años después, en 1857, apeló a los jóvenes: «Si Cristo es en nosotros la esperanza de gloria, descubriremos tan incomparables encantos en él que el alma se enamorará» (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 152).
En 1869, su enfoque inicial en Cristo alcanzó su punto álgido en Los sufrimientos de Cristo, un pequeño folleto publicado por separado y luego en Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 181-194. En el lenguaje más conmovedor y poderoso que pudo reunir, Elena de White expuso la vida, los sufrimientos y la muerte de Cristo como expiación por nuestros pecados. Su carga era que «debemos adquirir una visión más amplia y profunda» de lo que Cristo ha hecho por nosotros y «nuestras almas deben ser vivificadas, elevadas y arrobadas por el tema del amor del Padre y del Hijo hacia el hombre» (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 194).
Tras el congreso de la Asociación General en Minneapolis en 1888, se le preguntó a Elena de White qué opinaba de los mensajes presentados sobre la salvación. Ella respondió: «He estado presentando por los últimos 45 años el inigualable encanto de Cristo» (Sermons and Talks, t. 1, p. 116). Este «inigualable encanto» se encontraba en las obras redentoras, en la naturaleza divina y en la persona de Cristo. Numerosas afirmaciones sobre los méritos de Cristo y la salvación que nos ofrece pueden encontrarse en los escritos de Elena de White durante esos 45 años y hasta el final de su vida (ver, por ejemplo, Obreros evangélicos, pp. 161-168).
APLICACIÓN A LA VIDA
Las siguientes preguntas buscan enriquecer el debate en clase. Elige entre ellas, y entre las que figuran en la lección, las que mejor lleven a tu clase a reflexionar.
1. Jesús fue más que un profeta. Él era el Verbo hecho carne (Juan 1:14). ¿Cómo moldea esta verdad bíblica nuestra comprensión de su autoridad hoy en día?
2. Juan el Bautista reconoció a Jesús como «el Cordero de Dios» (Juan 1:29). ¿De qué manera reconocer a Cristo tal y como él es afecta la forma en que vivimos y compartimos nuestra fe?
3. Efesios 2:20 describe la iglesia como construida sobre los cimientos de apóstoles y profetas, con Cristo como piedra angular. ¿Cómo debería esta noción influir en nuestra visión del Nuevo Testamento y su autoridad?
4. Diferentes grupos cristianos debaten si el don profético continúa hoy en día.
¿Cómo describirías la postura adventista?
5. Pablo afirma que la profecía está destinada a fortalecer, animar y consolar (1 Cor. 14:3). ¿Cómo podemos aplicar este principio en nuestras comunidades eclesiásticas y en nuestras interacciones diarias? 6. Mujeres, como Ana (Luc. 2:36–38) y las hijas de Felipe (Hech. 21:9), fueron profetisas reconocidas. ¿Cómo podemos apoyar y animar tanto a hombres como a mujeres a usar sus dones espirituales hoy? 7. Jesús advirtió que los falsos profetas vendrían con piel de oveja (Mat. 7:15).
¿Cuáles son ejemplos modernos de enseñanzas que parecen bíblicas pero que desvían a la gente? 8. Elena de White enfatizó el «inigualable encanto» de Cristo. ¿Qué quiere decir con esta frase? Es decir, ¿qué es el «inigualable encanto» de Cristo? ¿Cómo ha profundizado tu fe centrarte en él? 9. Elena de White fomentó visiones más amplias y profundas de la expiación de Cristo. ¿Cómo podemos crecer en nuestra comprensión y aprecio por lo que Cristo ha hecho por nosotros? 10. El papel profético de Elena de White siempre se centró en elevar a Jesús.
¿Cómo se compara su énfasis en Cristo con la forma en que vemos y usamos sus escritos hoy en día?




