Por séptima vez, Moisés subió a la cima del Monte Sinaí, pero esta vez su viaje debe haber sido especialmente difícil. Dios le había ordenado que trajera dos tablas de piedra para poder volver a escribir en ellas los mandamientos que Moisés había quebrantado cuando se adoraba al becerro de oro.
Evidentemente, Dios mismo había provisto las tablas la primera vez (Éxodo 31:18). Llevar esas pesadas tablas de piedra en este séptimo viaje para estar con Dios debe haber sido un recordatorio necesario y triste para Moisés de su descuidada demostración de ira ante el pueblo. Pero afortunadamente, Dios nunca dejó de revelarse a su fiel siervo.
Una vez más, su pacto se renovó, ya que Moisés ayunó y oró durante otros cuarenta días y noches. Fue recompensado con aprender más sobre la gracia salvadora de Dios con cada viaje. Los israelitas también continuarían aprendiendo y prosperando, si seguían los mandamientos de Dios y le permitían cambiar sus corazones.




