Nuestro Salvador sin pecado, que asumió los pecados de todo el mundo sobre sí y murió la muerte que merecemos, es algo que solo podemos comprender y apreciar parcialmente. La maravilla y el misterio de tal sacrificio solo podrían ser logrados por un Dios de amor profundo e inigualable. Solo Dios podía iniciar y lograr el nivel de reconciliación para sus seres creados tal como hizo posible la cruz.
Estamos tan alienados de Su perfección desde el primer pecado en el Jardín del Edén que no podemos estar en Su presencia real sin ser destruidos al instante. Y sin embargo, su milagrosa reconciliación y transformación hacen posible que sus fieles algún día tengan acceso a su sala del trono y le adoren cara a cara. Qué esperanza y alegría tenemos mientras esperamos que estas promesas inspiradoras se cumplan en el cielo y la tierra se haga nueva.




