Libro Complementario Capitulo 8 – Habacuc. Confiar en Dios cuando los “dioses” vencen – 25 de mayo

Confiar en Dios cuando los “dioses” vencen

Hace unos veinte años que comencé a servir como pastor, y to-davía recuerdo vívidamente una de las experiencias que mar-có mi ministerio. Estaba estudiando la Biblia con una bonita pareja que estaba esperando un bebé. Estaban emocionados, y habían comprado todo lo que esa niña iba a necesitar. El bebé decidió llegar antes de lo esperado; por ello, sus pequeños pulmones no estaban bien desarrollados y su sistema inmunológico estaba débil. Aun así, la pequeña luchadora se negaba a darse por vencida, y nos sorprendía con su manera milagrosa de recuperarse. Las oraciones estaban siendo con-testadas, a pesar de la difícil situación. Un día fui a visitarla y me enteré de que aquella débil criatura que había vencido tantos obstáculos había fallecido esa mañana. La noticia me impresionó profundamente, pues yo estaba seguro de que Dios había estado haciendo su obra para restablecer a la pequeña.
El día del funeral, aquellos padres me pidieron despedir el sepelio. Antes de salir, un familiar se acercó al estoico padre, que trataba de di-simular lo afectado que estaba. El familiar trató de consolarlo, sugi-riendo que Dios lo había permitido para salvar a la niña de sufrimien-tos debidos a malas decisiones que pudiera tomar en el futuro. Esto causó que el volcán entrase en erupción, el padre contestó furioso, con palabras muy duras que se elevaban como ardiente lava contra el Cielo. Pero debo admitir que él expresó lo que yo mismo sentía por dentro.
Ese hombre, a quien tanto aprecio, tuvo el valor de cuestionar al Cielo como yo hubiese querido hacerlo. Desde entonces, he tenido que despedir a varias de esas “malditas” pequeñas cajas fúnebres. Se supone que los padres… ¡no entierran a sus hijos! Después de haber experimentado junto a mi esposa la pérdida de dos criaturas que perecieron antes del parto y la de un bebé que fue como nuestro, ese sufrimiento se con-vierte en algo muy real.
“¿Hasta cuándo?”, pregunta angustiado Habacuc a Yahveh, el verdadero Dios. Las palabras de este profeta parecen estar llenas de indig-nación, resentimiento y desesperación. Su eco resuena hasta nuestros días, cuando muchos continúan preguntándose dónde está Dios cuan-do las desgracias ocurren. Voces de duda y hasta de rencor nos susurran pensamientos que nos atormentan, especialmente en los momentos de crisis y dolor. Hay algunos creyentes que alegan no pasar nunca por esas experiencias. Su fe es invariable, y la confianza en el Padre no da lugar a la duda. Amén por ellos; pero yo no estoy en ese selecto grupo, y me da paz saber que no estoy solo en mi fragilidad humana. Los doce profetas menores son lo suficientemente sinceros como para compartir algunas de esas experiencias con nosotros, que hemos pasado por horas oscuras en nuestro peregrinar espiritual. Sin duda alguna, Habacuc es el profeta que lo hace de forma más clara, casi pareciendo irreverente para con la sensibilidad de algunos.
Habacuc tampoco se distancia en una montaña de santidad o trata de ocultar las luchas que ha tenido en su interior. Su libro es diferente del de los demás profetas, al llevarnos a su lugar de oración, al permi-tirnos escuchar sus conversaciones privadas con Dios. Dios mismo le responde, pero no con promesas de restauración política, nacional o espiritual. Lo primero que Yahveh le asegura es que los otros “dioses” los iban a vencer y que ¡se llevarían la gloria para sí! Esta contradicción es difícil de entender, porque no es lo que Habacuc esperaba. Estamos acostumbrados a que los buenos siempre ganen, al final. Pero Yahveh asegura que los neobabilonios iban a ganar y le iban a dar la gloria a Ea, Anu, Marduk e Istar.
Entre las contradicciones que tiene este libro, podemos observar que Dios no pretende mantener esta conversación en secreto, sino que exige al profeta que la haga pública (2:2). Así queda para nuestro beneficio uno de los libros más desesperantes y esperanzadores de la Biblia he-brea. Habacuc no es un libro donde aparecen todas las respuestas, pero tiene algunas de las preguntas más significativas que podemos hacernos; así como promesas que nos llenan de esperanza.

Petición a Dios de juicio
La mayoría nos ponemos nerviosos si somos citados a acudir ante un tribunal. A pesar de que los medios de comunicación presentan los juicios como un entretenimiento y muchos se han convertido en circos sobre la vida cotidiana, los tribunales siguen imponiendo respeto. En nuestro diario vivir, la idea de libro-complementariopresentarnos ante un juez, el fiscal y un jurado no es una experiencia a la cual la mayoría se sienta animado a aventurarse. ¡Pero Habacuc comienza su libro pidiendo precisamente que se celebre un juicio!
Eso no debería sorprendernos, pues esa petición es bastante común entre los salmistas, a quienes podemos escuchar en varias ocasiones es-cribir himnos y poemas que suenan a las peticiones jurídicas de la anti-güedad. Lo que sucede es que para aquellos que están siendo oprimi-dos no hay nada mejor que un juicio. Los primeros versículos del libro de Habacuc están organizados como una petición formal que podría haberse escuchado en un tribunal del primer milenio a. C. (1:2-4). Los demandantes son Habacuc y los justos de Judá, frente a los demanda-dos, que son los infieles habitantes de Judá que han violado el pacto.
Dios, como Juez celestial, escucha la petición de Habacuc y procede a responderle. Pero no lo hace de la forma en que Habacuc se esperaba. Yahveh le asegura al profeta que él no va a ser el que ejecute el veredic-to sobre los infieles de Judá, sino que ha de levantar a los idólatras “caldeos” para castigar a Judá (1:6). La intervención militar de los neo-babilonios no es cuestión de casualidad o elementos políticos que sim-plemente convergen, como lo describirían algunos sociólogos o histo-riadores. Yahveh demuestra quién es el Soberano del universo, el que tiene el control de la historia.
¿Quiénes son los “caldeos”? Al abrir las ventanas a estos doce profe-tas, no habíamos mencionado de forma significativa a Babilonia, el po-der militar al cual Yahveh hace referencia en Habacuc capítulo uno. En Habacuc aparece, en el escenario político, un poder que marcaría el fu-turo de la historia de Judá. La experiencia de Judá con Babilonia esta-blece un antes y un después en la vida espiritual, política y cultural de los hebreos. Los castigos que sufrieron en manos de los caldeos definie-ron la formación futura del judaísmo y purificaron la mayoría de los elementos paganos del pueblo hebreo. Aunque se habían hecho alusiones anteriores sobre Babilonia en Isaías, Habacuc está entre los prime-ros en señalar a los neobabilonios, de toda una serie de grandes profe-tas que ejercerían su ministerio durante algunos de los capítulos más oscuros de Judá (siglo VII a.C.).
1 Este es el período en el que Babilonia estaba emergiendo de nuevo como poder absoluto en el Antiguo Cer-cano Oriente.
Babilonia había tenido una historia de prosperidad en el segundo milenio a.C.; en ese entonces, había sido un gran imperio bajo el mando del famoso rey Hammurabi. Pero su poder había declinado, limitándo-se a ser una Ciudad-Estado sin mayor influencia sobre la zona levanti-na durante el comienzo del primer milenio. La situación había llegado a ser tan crítica y desesperante que su rey tuvo que huir a los pantanos del sur (cerca del actual Golfo Pérsico) durante el siglo VIII a.C. En ese tiempo, Babilonia estuvo subyugada por los neoasirios, y es bajo esas circunstancias que algunos de sus emisarios habían visitado al rey Eze-quías (ver 2 Reyes 20, 2 Crónicas 32; Isaías 39). En ese entonces Isaías condenó la actitud soberbia de Ezequías, quien evidentemente era par-te de aquellos reyes que unían sus fuerzas en contra de Asiría. El profe-ta advirtió al rey que las riquezas que le había mostrado a esos emisa-rios caldeos iban a terminar en los palacios de esos “amigos”.
En el tiempo de Isaías, más de medio siglo antes que Habacuc, no parecía tener sentido profetizar que Babilonia sería un poder mundial. Ezequías era más poderoso que el rey de Babilonia. Pero el escenario del mundo político del tiempo de Habacuc es diferente del de los pro-fetas que ejercieron su ministerio durante el clímax del Imperio Neoasi-rio (siglo VIII a.C.). En el tiempo de Habacuc, Asiria ya había declinado y sus territorios estaban siendo invadidos por los aliados neobabilonios y los medos. Los ejércitos dirigidos por Nabu-apla-usur, mejor conoci-do por su nombre en griego “Nabopolasar” habían estado destruyendo a su paso todo reino que se resistiera a sus conquistas (ver 1:6). Yahveh anuncia: “Mirad entre las naciones, ved y asombraos, porque haré una obra en vuestros días, que, aun cuando se os contara, no la creeríais” (1:5). Los acontecimientos internacionales eran sorprendentes, y esta-ban ocurriendo muy rápido.
Judá había sobrevivido solamente como un reino vasallo que forma-ba parte de la hegemonía asiria. Se han encontrado registros arqueoló-gicos que demuestran que el rey Manasés (hijo de Ezequías) le pagaba tributo a Nínive. Pero al debilitarse el poder de los neoasirios por la fragilidad de sus últimos emperadores, las crisis internas y las conquistas neobabilónicas, Judá había logrado tener años de prosperidad e in-dependencia.
Josías (nieto de Manases) había decidido apoyar a los neobabilonios (y los medos) tratando de impedir que los ejércitos del faraón Necao II fueran a auxiliar a los neoasirios (2 Crónicas 35:20). Necao II mató a Jo-sías en Megido, dejando en el poder al hijo de Josías, con el compromi-so de serle leal (2 Crónicas 36:1-4). Es interesante señalar que en ese tiempo el faraón era aliado del emperador neoasirio, mientras que en tiempos de Isaías los egipcios eran enemigos de Asiria.
Pero la victoria de Babilonia contra Asiria cambió el mapa político de las regiones levantinas. Tal y como Yahveh describiera a los ejércitos caldeos: “Sus caballos son más ligeros que leopardos y más feroces que lobos nocturnos” (1:8). Judá tuvo que alinearse con el emergente poder que ahora se había impuesto sobre ellos como imperio; algo que los in-comodaba, después de haber disfrutado de soberanía durante el reina-do de Josías. Los inquietos habitantes de Judá se iban a rebelar e iban a quebrantar los pactos hechos con los neobabilonios, y eso les iba a cos-tar sangrientas invasiones, y finalmente la destrucción de su venerado Templo. Lo peor es que Yahveh les asegura que los neobabilonios da-rían la gloria de esas victorias a sus dioses (1:11).
Habacuc quedó espantado con la respuesta de Dios. Eso no es lo que él se esperaba, sino todo lo contrario, pues tenía esperanza de reden-ción. El recordaba que los profetas anteriores habían especificado cómo Yahveh usaría a Asiria para castigar los pecados de Israel y de Judá. Eso se había cumplido con las invasiones que había sufrido Judá y con la desaparición de Israel del mapa. Sin embargo, los habitantes de Judá tenían en mente el recuerdo de cuando Dios liberó a Jerusalén de Sena-querib de forma milagrosa (2 Crónicas 32:1-21). Habacuc sabía que los habitantes de Judá se merecían castigos nuevamente, pero no esperaba que fueran arrasados de una manera tan extensa como la que Dios des-cribe. ¿No habría oportunidad para otra liberación milagrosa? ¿Estaba Yahveh siendo justo?
Así que, Habacuc sienta a Yahveh en el banquillo de los acusados. En Habacuc 1:12 al 17 escuchamos la demanda que hace el profeta en contra de la Deidad. ¿Por qué los otros “dioses” van a obtener la victo-ria? ¿Se puede confiar en Yahveh, si es Marduk quien obtiene la victoria? ¿Por qué ocurre esto, Dios mío? En esencia, de eso se trata la teodicea, cuando los seres humanos tratan de explicar o comprender la justicia de Dios. El juicio se hace contra Dios, para tratar de entender sus acciones (o la ausencia de ellas).

Yahveh ante el tribunal
Habacuc se coloca frente a Yahveh y le asegura: “En mi puesto de guardia estaré, sobre la fortaleza afirmaré el pie. Velaré para ver lo que se me dirá y qué he de responder tocante a mi queja” (2:1). Los occiden-tales tenemos ideas distorsionadas sobre lo que es la reverencia y asu-mimos que estas son la norma por la cual todo lo demás debe ser eva-luado. Por ejemplo, si visitamos el Cercano Oriente, vamos a notar que nadie puede entrar a un recinto sagrado con la cabeza descubierta; mu-jeres y hombres deben ser reverentes cubriéndose, aunque sea con un pañuelo. Por el contrario, en las latitudes occidentales cubrirse la cabe-za, por parte de los hombres, usando un gorro, sombrero o boina es considerado ofensivo e irreverente.
¿Qué podemos decir en cuanto a cómo le hablamos a Dios? Dirigirse a Dios en el tono que lo hace Habacuc puede parecer irreverente o ina-propiado. Pero eso es en nuestro contexto. En América, la religión cris-tiana ha ejercido un poder totalitario y las decisiones del clero han sido incuestionables. Aun la arquitectura de las iglesias y la organización de los sistemas eclesiásticos acentúan la trascendencia de Dios (su supe-rioridad y distancia). Pero Habacuc nos presenta otra dimensión de la experiencia que Dios puede tener con sus criaturas. La inmanencia de Dios debe ser reconocida, cuando el Creador se acerca a sus criaturas.
Algunos lectores de los profetas, que enfatizan únicamente el tipo de experiencia que tuvo Isaías (6:1-13), pueden sentirse impresionados por esta escena en Habacuc. Pero la teofanía que vio Isaías no es la única revelación que tenemos del Padre Eterno. Desde el Génesis, reconoce-mos a un Dios que forma a los seres humanos con sus manos, dialoga con ellos, camina con sus criaturas, firma contratos con sus escogidos y hasta pelea físicamente con los que quiere salvar. Este cuadro está lejos de la dicotomía que quería imponer la filosofía griega, y que tanto ha influido en el cristianismo.
Yahveh está dispuesto a ir a juicio, aunque sea sentado como acusa-do. Eso no es nuevo para los profetas; el primer libro de la Biblia que fue escrito, Job, nos señala el primer juicio a Dios que tenemos registra-do. En Job la justicia de Dios fue cuestionada por el enemigo (1:6) en su propia corte de justicia; y después los amigos de Job tratan de “defen-derlo” representando equivocadamente al Dios del Cielo. En el juicio contra Job, Yahveh también es acusado como culpable en las respuestas de los “amigos” y las de Job mismo. Hasta que Yahveh mismo se revela desde el banquillo de los acusados, proponiendo más interrogantes que respuestas al preguntar a Job una serie de “¿Dónde estabas tú…?” (38-41). Yahveh no se defiende, solo apela a sus atributos.
En el caso de Habacuc, tampoco encontramos explicaciones sobre por qué están sucediendo tragedias en Judá, ni se define por qué otras peores han de acontecer. Yahveh le recuerda a Habacuc cómo ha sido fiel en el pasado, con vividas alusiones al Éxodo, y señala la retribución futura de los injustos en el “Día de Yahveh” (2:5-17). Ese día al cual tan-to se refieren los profetas es cuando realmente vamos a conocer las res-puestas a muchas de las preguntas que nos hemos hecho a través de nuestras vidas.

Esos “dioses” no son de fiar
Yahveh le asegura a Habacuc que esos “dioses” que Manasés había puesto en la casa de Jehová no son nada (2 Crónicas 33:1-9). De forma sarcástica, Dios pregunta: “¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo, la estatua de fundición que enseña mentira, para que el ar-tífice confíe en su obra haciendo imágenes mudas? ¡Ay del que dice al palo: ‘Despiértate’; y a la piedra muda: ‘Levántate’! ¿Podrán acaso en-señar? Aunque está cubierto de oro y plata, no hay espíritu dentro de él” (Habacuc 2:18, 19). Así corrige la percepción de Habacuc: “Tratas a los hombres como a peces del mar, como a reptiles que no tienen due-ño. A todos los pesca con anzuelo, los recoge con su red, los junta en sus mallas; por lo cual se alegra y se regocija. Por eso ofrece sacrificios a su red y quema incienso a sus mallas, porque gracias a ellas su porción es abundante y sabrosa su comida” (1:14-16). Ni las “redes” ni las “ma-llas” tienen poder, pues están subordinadas al único y verdadero Dios.
En las religiones del Antiguo Cercano Oriente no había espacio para la teodicea, no se cuestiona a las deidades. Por otro lado, para los sa-cerdotes de esas prácticas era más fácil que para los hebreos explicar las tragedias, el dolor y la muerte. En su caso, se le adjudicaba todo lo ne-gativo de la vida al “dios malo” o a algún poderoso demonio. La solu-ción propuesta para las dificultades o los problemas era practicar algún rito o alguna otra obra que pudiese satisfacer a los “dioses” buenos, o a los malos. En esos sistemas de creencias, simplemente se explicaban los eventos desgraciados como parte de la dinámica entre el bien y el mal.
Pero eso es difícil de explicar en el monoteísmo bíblico, donde hay so-lamente un Dios. Si ese Dios es omnipotente y omnisapiente, debe ser responsable de todo lo que ocurre en el mundo.
Pero Yahveh no trata de explicarse a sí mismo ante sus criaturas. En la mente hebrea no hay énfasis en las respuestas que buscan los occi-dentales. En Habacuc, escuchamos a Dios haciendo recuentos de su fi-delidad en el pasado y asegurando la victoria en el futuro. En el pre-sente: “el justo vivirá por la fe”. Siglos más tarde, Pablo nos recuerda: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Hay que reconocer que el principio de la justifi-cación por la fe es uno de los elementos más importantes que diferencia a la religión bíblica de los cultos de los pueblos politeístas.
Los ritos que exigían los “dioses” de las naciones que rodeaban a los hebreos enfatizaban la capacidad humana de entender, y hasta mani-pular, el futuro sobre la base a diferentes prácticas. La salvación por obras llegó a introducirse en la religión bíblica con el legalismo que se fija en cada detalle de la conducta y subraya todo lo exterior, como lo había señalado Miqueas (6:6-8). El deseo de diferenciarse basándose en lo externo llevó a los judíos a los excesos que se observaron más ade-lante en los días de Jesús. Elena de White dice que “el principio de que el hombre puede salvarse por sus obras, que es el fundamento de toda religión pagana, era ya el principio de la religión judaica”. Ella advierte que “Satanás lo había implantado; y doquiera se lo adopte, los hombres no tienen defensa contra el pecado” (El Deseado de todas las gentes, cap. 3, p. 26).
La salvación por obras nunca ha sido el método de salvación presen-tado en las Escrituras. Hay muchas personas que están confundidas con la dicotomía artificial que presentaron algunos reformadores entre el “Antiguo Testamento” y “Nuevo” Testamento. A eso se suma el én-fasis de discontinuidad que asumen los dispensacionalistas. Pero Ha-bacuc demuestra que la Reforma Protestante no estaba basada en un concepto que se originó en la Epístola a los Romanos (Romanos 1:17). “El justo vivirá por la fe” no es una verdad neotestamentaria, fue una revelación del Antiguo Testamento. Los que son elogiados en Hebreos 11 no tuvieron victorias por sus obras; son los héroes de la fe, y no de las obras. Dios le asegura a Habacuc que la fe es la garantía de la salva-ción de los justos (2:4). Ese tipo de relación con las criaturas era la ma-yor diferencia entre el verdadero Dios y los otros “dioses”.

Confianza en medio del desconcierto
Habacuc termina su libro con una de las composiciones de poesía hebrea más elocuentes y hermosas de las Escrituras. Nos podemos imaginar al profeta tocando su arpa, mirando hacia el horizonte con la mirada “perdida”, cantando un himno de fe y esperanza en medio del caos que está por sufrir su nación. Su llamado se centra en enfocar la atención de sus oyentes hacia la fidelidad a Yahveh… a pesar de lo que nos esté ocurriendo. Habacuc no recibe una fecha para el retorno de los habitantes de Judá a la ciudad de Jerusalén, como le fue revelada a su contemporáneo Jeremías (28:4; 29:10). No tuvo una visión del Templo restaurado como la recibiría Ezequiel unos años después (40-48). Tam-poco interpretó sueños que demostraran la victoria del pueblo de Dios en el fin del mundo como Daniel, a quien posiblemente conoció como niño en la corte de Judá. En Habacuc, aprendemos de las palabras de Dios que no escribió, del silencio de Dios.
Yo he tenido que aprender de la lección de Habacuc. Ahora evito tratar de contestar las preguntas para las que no tengo una respuesta definitiva. He tenido que callar, abrazar y llorar en silencio con quienes están pasando por horas oscuras y difíciles. Soy más paciente con los que son atacados por la duda, y trato de no responder abruptamente a los que parecen desafiar al Cielo. He atesorado la promesa de que “aunque la higuera no florezca ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento, aunque las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales, con todo, yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová, el Señor, es mi fortaleza” (3:17-19). 2
Hay historias de liberación, de victoria, sanación y fortaleza. Pero no siempre son inmediatas o evidentes, como lo fue en el caso de Habacuc. No siempre que oramos se sanan los enfermos, se restablecen los ma-trimonios o regresan los “pródigos”. La realidad es que suceden even-tos en nuestras vidas, como consecuencia de vivir en un mundo corroí-do por el pecado; otras veces, por decisiones equivocadas que toma-mos. Hay ocasiones en las que Satanás participa activamente, mientras que en otros momentos Dios interviene de forma directa. En nuestra frágil humanidad se nos hace difícil distinguir entre ellas, y es arriesgado tratar de señalar de forma “segura” lo que no nos ha sido revelado. 3
Eso no significa que vamos a pasarnos la vida tristes y deprimidos. Se nos advierte que “muchos pasan largos años en las tinieblas y la duda, debido a que no se sienten como quieren. Pero el sentimiento no tiene nada que ver con la fe” (Nuestra elevada vocación, p. 121). Debemos recordar que el justo vivirá por la fe y que nos debemos alegrar en el Señor en medio de todas las circunstancias. En esos momentos difíciles, debemos mirar al Calvario en búsqueda de esperanza. Elena de White cita frecuentemente un texto que fue clave en el movimiento millerita: “Aunque la visión tarda en cumplirse, se cumplirá a su tiempo, no fa-llará. Aunque tarde, espérala, porque sin duda vendrá, no tardará” (Habacuc 2:3). Ella añade: “La fe que fortaleció a Habacuc y a todos los santos y justos de aquellos tiempos de prueba intensa, era la misma fe que sostiene al pueblo de Dios hoy. En las horas sombrías, en las cir-cunstancias más amedrentadoras, el creyente puede afirmar su alma en la fuente de toda luz y poder” (Profetas y reyes, cap. 32, p. 285). Miremos al pasado, y contemplemos hacia el futuro para tener paz y confiar en el verdadero Dios en un mundo de contradicciones.

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1 Es complicado datar a Habacuc de forma precisa porque no hace referencia directa a cuándo se produjo su profecía en relación a los eventos que estaban por acontecer. Es probable que haya sido en la última parte del siglo VII a.C. (ver Profetas y reyes, cap. 32, p. 284). De ser así, es posible que le hayan precedido Sofonías y Nahúm. Es seguro que pertenece a este período crítico en la historia hebrea en la que tenemos tantos profetas importantes, en esa época tenemos a Jeremías profetizando en Judá. Dos de sus con-temporáneos fueron Ezequiel y Daniel, que vivían exiliados en tierras lejanas.
2 Un libro muy estimulante sobre el tema de la fe y cómo entender a ateos y agnósticos fue escrito por Ruth Tucker, Walking Away from Faith: Unraveling the Mystery of Belief & Unbelief (Downers Grove, IL: InterVarsity, 2002).
3 No podemos limitarnos a la inadecuada respuesta de Harold Kushner en Cuando a la gente buena le pasan cosas malas (Nueva York: Vintage, 2006). Kushner tuvo que ver su-frir a su pequeño niño que luchaba contra una enfermedad terminal y concluyó que Dios está limitado en este mundo de dolor. Sin embargo, eso no es lo que podemos aprender del libro de Habacuc.

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