Lección 7 Edición Adultos – Tu amor es grande hasta los cielos – Sábado 17 Febrero 2024 (1er Trimestre)

Sabado, Febrero 10

Tu amor es grande hasta los cielos

Lee para el estudio de esta semana

Salmos 136; 51; 130; 113; 123.

Para memorizar
“Te alabaré entre los pueblos, Señor; cantaré de ti entre las naciones. Porque tu amor es grande hasta los cielos, y hasta las nubes tu fidelidad” (Sal. 57:9, 10).

Los salmistas reconocen que son espiritualmente pobres y que no tienen nada bueno para ofrecer a Dios; es decir, que no tienen nada en sí mismos que los recomiende ante el santo Trono de Dios (Sal. 40:17). Entienden que, como todos nosotros, necesitan gracia, la gracia de Dios.

En resumen, necesitan el evangelio.

Los salmos subrayan el hecho de que la gente depende de la misericordia de Dios por completo. Afortunadamente, la misericordia de Dios es eterna, como lo demuestran la Creación de Dios y la historia del pueblo de Dios (Sal. 136). Ante el Dios eterno, la vida humana es tan efímera como la hierba, pero Dios se compadece de los seres humanos y renueva sus fuerzas (Sal. 103:3, 5, 15), y en él tienen la promesa de la eternidad.

El pueblo de Dios se consuela con el hecho de que el Señor es fiel a su Pacto. Las súplicas del pueblo, aunque a veces sean apremiantes, suelen estar llenas de esperanza, porque se dirigen a su compasivo Padre celestial (Sal. 103:1; 68:5; 89:26). Las nuevas experiencias de la gracia y el amor de Dios fortalecen su determinación de adorar y servir a Dios; a nadie ni a nada más.

Domingo, Febrero 11

Su amor es para siempre

Lee Salmo 136. ¿Qué pensamiento predomina en este salmo? El salmista, ¿dónde encuentra pruebas para su declaración predominante?

Salmo 136 convoca al pueblo de Dios a alabar al Señor por su misericordia revelada en la Creación (Sal. 136:4-9) y en la historia de Israel (Sal. 136:10-22). “Misericordia” (en hebreo jésed, ‘amor inalterable’) transmite la bondad y la lealtad de Dios hacia su Creación y hacia su pacto con Israel. El salmo muestra que el inmenso poder y la magnificencia de Dios se basan en su amor inquebrantable.

El Señor es el “Dios de los dioses” y “el Señor de los señores”, un modismo hebreo que significa “el Dios más grande” (Sal. 136:1-3), no porque haya otros dioses, sino porque él es el único Dios.

Los grandes prodigios del Señor, que nadie más puede imitar, son la demostración innegable de su dominio (Sal. 136:4). Dios creó los Cielos, la Tierra y los cuerpos celestes, que los paganos adoran (Deut. 4:19). Sin embargo, los salmos despojan de su autoridad a los dioses paganos y, por extensión, a toda fuente de seguridad humana. Son meras cosas creadas, no el Creador; una distinción fundamental.

La imagen de la mano fuerte y del brazo extendido del Señor (Sal. 136:12) resalta la eficacia del poder de Dios y el gran alcance de su misericordia.

La misericordia de Dios en la Creación y en la historia debería inspirar a su pueblo a confiar en él y a permanecer fiel a su Pacto. El estribillo “porque su amor es para siempre” se repite 26 veces en este Salmo para garantizar a los fieles que el Señor no cambia y repetirá sus favores pasados con cada nueva generación. Dios se acuerda de su pueblo (Sal. 136:23) y es fiel a su Pacto de gracia. La creencia en la misericordia perdurable del Señor está en la base de la fe bíblica, que incluye la adoración jubilosa y la confianza, así como la contrición y el arrepentimiento.

Salmo 136 (vers. 23-25) concluye con el cuidado universal de Dios por el mundo. La misericordia de Dios se extiende no solamente a Israel, sino a toda la Creación. El salmo habla así de la universalidad de la gracia salvífica de Dios y exhorta al mundo entero a sumarse a Israel en alabanza al Señor (ver también Luc. 2:10; Juan 3:16; Hech. 15:17).

¿De qué manera la imagen de Jesús en la cruz, que muere como sustituto por nuestra pecaminosidad, revela más poderosamente la gran verdad, hablando de Dios, de que “su amor es para siempre”?

Lunes, Febrero 12

Crea en mí un corazón limpio

Lee Salmo 51:1 al 5. ¿Por qué el salmista apela a la misericordia de Dios?

El rey David derrama su corazón ante el Señor para pedir el perdón de los pecados durante los momentos espiritualmente más oscuros de su vida (2 Sam. 12). El perdón es el extraordinario don de la gracia de Dios, el resultado de “tu inmensa ternura” (Sal. 51:1). El rey David apela a Dios para que lo trate no conforme a lo que merece su pecado (Sal. 103:10), sino conforme a su carácter divino; es decir, su misericordia, su fidelidad y su compasión (Sal. 51:1; Éxo. 34:6, 7).

Lee Salmo 51:6 al 19. ¿Cómo se describe aquí el perdón de los pecados? ¿Cuál es el objetivo del perdón divino?

El perdón divino implica algo más que una proclamación legal de inocencia. Produce un cambio profundo que alcanza lo más íntimo del ser humano (Sal. 51:6; Heb. 4:12). Produce una nueva creación (Sal. 51:10; Juan 3:3-8). El verbo hebreo bará, traducido como “crear”, describe el poder creador divino (Gén. 1:1). Solamente Dios puede bará; únicamente Dios puede producir un cambio radical y duradero en el corazón de la persona arrepentida (2 Cor. 4:6).

David pide purificación con hisopo (Lev. 14:2-8; Sal. 51:7). Siente que su culpa lo mantiene proscrito de la presencia del Señor, del mismo modo que el leproso está proscrito de la comunidad mientras dura el estado de impureza (Sal 51:11). Teme que los sacrificios no puedan restaurarlo plenamente, porque no había sacrificio que pudiera expiar sus pecados premeditados de adulterio y asesinato (Éxo. 21:14; Lev. 20:10).

Únicamente la gracia divina incondicional podía aceptar el “corazón contrito y humillado” de David como sacrificio, y devolverle la armonía con Dios (Sal. 51:16, 17). Al pedir la purificación con hisopo, quiere volver a la presencia de Dios.

Si Dios puede perdonar a David por adulterio, engaño y asesinato, ¿qué esperanza existe para ti?

Martes, Febrero 13

Señor, si miraras los pecados

Lee Salmo 130. ¿Cómo se describen la gravedad del pecado y la esperanza para los pecadores?

La gran aflicción del salmista está relacionada con sus propios pecados y los de su pueblo (Sal. 130:3, 8). Los pecados del pueblo son tan graves que amenazan con separarlo de Dios para siempre (Sal. 130:3). Las Escrituras hablan de los registros de los pecados que se guardan para el Día del Juicio (Dan. 7:10; Apoc. 20:12), y de los nombres de los pecadores que se borran del Libro de la Vida (Éxo. 32:32; Sal. 69:28; Apoc. 13:8).

El salmista apela así al perdón de Dios, quien eliminará el registro de los pecados (Sal. 51:1, 9; Jer. 31:34; Miq. 7:19). Sabe que “Dios no es airado por naturaleza. Su amor es eterno. Su ‘ira’ solamente se despierta cuando el hombre no aprecia su amor. […] El propósito de su ira no es herir, sino curar al hombre; no destruir, sino salvar a su pueblo del Pacto (ver Ose. 6:1, 2)” (Hans K. LaRondelle, Deliverance in the Psalms [Berrien Springs, MI: First Impressions, 1983], pp. 180, 181). Notablemente, es la disposición de Dios a perdonar los pecados, y no a castigarlos, lo que inspira reverencia a Dios (Sal. 130:4; Rom. 2:4). La adoración auténtica se construye sobre la admiración del carácter de amor de Dios, no sobre el temor al castigo.

Los hijos de Dios son llamados a esperar en el Señor (Sal. 27:14; 37:34). La palabra hebrea leqavot (‘esperar’) podría significar etimológicamente “estirarse”, y es la raíz de la palabra hebrea para “esperanza”. Por lo tanto, esperar al Señor no es entregarse pasivamente ante circunstancias miserables, sino más bien es “estirarse” lleno de esperanza o ilusionarse con la intervención del Señor. La esperanza del salmista no se basa en su optimismo personal, sino en la Palabra de Dios (Sal. 130:5). La espera fiel en el Señor no es en vano porque, tras la noche oscura, llega la mañana de la liberación divina.

Observa cómo la súplica personal del salmista se convierte en la de toda la comunidad (Sal. 130:7, 8). El bienestar personal y el de todo el pueblo son inseparables. Por ende, no oramos únicamente por nosotros mismos, sino por la comunidad. Como creyentes, formamos parte de una comunidad, y lo que impacta en una parte de la ella repercute en todos.

Piensa en la pregunta: “Señor, si miraras los pecados, ¿quién podría subsistir?” (Sal. 130:3). ¿Qué significa eso para ti personalmente? ¿Dónde estarías si el Señor mirara tus pecados?

Miércoles, Febrero 14

Alabanza al Dios majestuoso y misericordioso

Lee Salmos 113 y 123. ¿Qué dos aspectos diferentes del carácter de Dios se describen en estos salmos?

Salmos 113 y 123 alaban la majestad y la misericordia del Señor. La majestad del Señor se revela en la grandeza de su nombre y en el lugar exaltado de su Trono, que está por encima de todas las naciones y de los Cielos (Sal. 113:4, 5; 123:1). “¿Quién es como el Señor, nuestro Dios?” (Sal. 113:5) es una declaración de fe de que ningún poder dentro o fuera del mundo puede desafiar al Dios de Israel.

Las inalcanzables alturas donde habita el Señor se ilustran al señalar que el Señor está dispuesto a “humillarse” o que “se digna contemplar los cielos y la tierra” (ver Sal. 113:6, NVI; énfasis añadido). El hecho de que Dios habite en las alturas no le impide ver lo que ocurre aquí abajo. La misericordia del Señor se manifiesta en su bondadosa disposición a intervenir en el mundo y a salvar a los necesitados y a los pobres de sus problemas. Es evidente que su mano generosa no está oculta a sus siervos, aunque su morada esté en los Cielos lejanos.

La grandeza y el cuidado de Dios, que no pueden discernirse plenamente en la asombrosa trascendencia de Dios, se hacen explícitos en las obras de misericordia y compasión del Señor. Los necesitados, los pobres y los oprimidos pueden experimentar de primera mano el poder soberano de Dios en las notables intervenciones que él puede realizar en su favor. El Dios exaltado manifiesta su grandeza al utilizar su poder para exaltar a los abatidos. El pueblo es libre de acercarse al Señor porque su soberana majestad y supremacía no cambian el hecho de que él es su bondadoso Creador y Sustentador, y que el pueblo es su siervo, su hijo amado.

De esta manera, la adoración está motivada no solamente por la magnificencia de Dios, sino también por su bondad. La alabanza no está limitada por el tiempo ni el espacio (Sal. 113:2, 3). La grandeza y la misericordia de Dios se manifiestan mejor en Jesucristo, que estuvo dispuesto a descender del Cielo y ser abatido hasta la muerte en la Cruz para elevar a la humanidad caída (Fil. 2:6-8). Allí, en la Cruz, tenemos las máximas razones para adorar y alabar a Dios por lo que ha hecho por nosotros.

Medita sobre la Cruz y lo que allí sucedió en tu favor. ¿De qué te ha salvado Jesús? ¿Por qué es tan importante tener presente la Cruz?

Jueves, Febrero 15

No olvides ninguno de sus beneficios

Lee Salmo 103. ¿Cómo se describe aquí la misericordia de Dios?

Salmo 103 enumera las múltiples bendiciones del Señor. Las bendiciones incluyen “todas las cosas buenas” (Sal. 103:2, NTV) para una vida próspera (Sal. 103:3-6). Estas bendiciones se basan en el carácter misericordioso de Dios y en su fidelidad al pacto con Israel (Sal. 103:7-18). El Señor “se acuerda” de la fragilidad y la fugacidad humanas, y se compadece de su pueblo (ver Sal. 103:13-17).

El recuerdo es algo más que una mera actividad cognitiva. Implica un compromiso que se expresa en la acción: Dios libera y sostiene a su pueblo (Sal. 103:3-13). Las poderosas imágenes de Salmo 103:11 al 16 ilustran la inconmensurable grandeza de la gracia de Dios, que únicamente puede compararse con la infinita inmensidad de los cielos (Isa. 55:9).

¿Cómo debe responder el hombre a la bondad de Dios?

En primer lugar, bendiciendo al Señor (Sal. 103:1, 2, RVR 1960).

La bendición se entiende generalmente como un acto de otorgar beneficios materiales y espirituales a alguien (Gén. 49:25; Sal. 5:12). Puesto que Dios es la Fuente de todas las bendiciones, ¿cómo pueden los seres humanos bendecir a Dios? Alguien inferior puede bendecir a un superior como forma de agradecerle o alabarlo (1 Rey. 8:66; Job 29:13). Dios bendice a las personas confiriéndoles el bien, y las personas bendicen a Dios alabando el bien que hay en él; es decir, reverenciándolo por su carácter misericordioso.

En segundo lugar, al recordar todos sus beneficios y su Pacto (Sal. 103:2, 18-22), al igual que el Señor recuerda la débil condición humana y el pacto con su pueblo (Sal. 103:3-13). Recordar es un aspecto esencial de la relación entre Dios y su pueblo. Del mismo modo que Dios recuerda sus promesas al pueblo, el pueblo debe recordar la fidelidad de Dios y responderle con amor y obediencia.

Con esta idea en mente, estas famosas palabras de Elena de White son muy apropiadas: “Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión en la contemplación de la vida de cristo. Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales. Mientras nos espaciemos así en su gran sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más constante, se reavivará nuestro amor y seremos más profundamente imbuidos de su espíritu. Si queremos ser salvos al fin, debemos aprender la lección de penitencia y humillación al pie de la Cruz” (El Deseado de todas las gentes, p. 66).

Viernes, Febrero 16

Para estudiar y meditar

Lee Elena de White, El camino a Cristo, “Nuestra necesidad más urgente”, pp. 25-34.

En los salmos, las voces del pueblo de Dios se unen como una sola para repetir el estribillo: “Su amor es para siempre”, en celebración del amor eterno de Dios (Sal. 106:1; 107:1; 118:1-4, 29; 136). “No alabar a Dios significaría olvidar todos sus beneficios, no apreciar los dones de Dios. Únicamente quien alaba no olvida. Pensar en Dios y hablar de él no implica necesariamente alabarlo. La alabanza comienza cuando uno reconoce la majestad y las obras de Dios y responde en adoración a su bondad, su misericordia y su sabiduría” (Hans LaRondelle, Deliverance in the Psalms, p. 178).

El significado de la confesión solemne de la misericordia perdurable de Dios adquiere un significado aún más profundo cuando recordamos que la jésed de Dios (es decir, su bondad y su fidelidad relacionadas con el Pacto) se mantiene firme e inmutable en medio del pecado humano y la rebelión contra Dios.

“Hemos pecado contra él, y somos indignos de su favor; sin embargo, él mismo ha puesto en nuestros labios la más maravillosa de las súplicas: ‘¡No nos deseches! ¡No deshonres tu trono glorioso! ¡Haz honor a tu nombre! ¡Acuérdate de tu pacto con nosotros! ¡No lo invalides!’ Cuando vamos a él confesando nuestra indignidad y pecado, él se ha comprometido a atender nuestro clamor. El honor de su Trono está empeñado en el cumplimiento de su palabra a nosotros” (Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 116).

La experiencia de que Dios ha sido misericordioso con él (Sal. 103:2) anima al salmista a decir que “el Señor hace justicia y derecho a todos los oprimidos” (Sal. 103:6). De esta manera, el objetivo final del testimonio personal del salmista, y de la alabanza de la misericordia de Dios en su vida, es transmitir seguridad a otros acerca de la bondad amorosa de Dios, para que ellos también puedan abrir su corazón a Dios y recibir su gracia salvífica y alabar a Dios (Sal. 9:11, 12; 22:22-27; 66:16).

Preguntas para dialogar:

¿Qué conclusiones prácticas extraes del hecho de que la misericordia de Dios es eterna, para la salvación de las personas? ¿Por qué esto no significa que se pueda seguir pecando, dado que la misericordia de Dios es eterna?

¿Cómo conciliamos el perdón de nuestros pecados por parte de Dios con la idea del juicio de Dios sobre el pecado?

¿Cómo se conectan las expresiones de la misericordia de Dios en el Nuevo Testamento con las de Salmos? (Efe. 2:4, 5; 1 Tim. 1:16; Tito 3:5; Heb. 4:16)?

Radio Adventista
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